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sábado, 24 de junio de 2017

Las hojas no se caen - José María Toro




"Siempre me ha parecido espectacular la caída de una hoja.
Ahora, sin embargo, me doy cuenta que ninguna hoja “se cae”, sino que llegado el escenario del otoño inicia la
danza maravillosa del soltarse.
Cada hoja que se suelta es una invitación a nuestra predisposición al desprendimiento.
Las hojas no caen, se desprenden en un gesto supremo de generosidad y profundo de sabiduría:
la hoja que no se aferra a la rama y se lanza al vacío del aire sabe del latido profundo de una vida que está siempre en movimiento y en actitud de renovación.

La hoja que se suelta comprende y acepta que el espacio vacío dejado por ella es la matriz generosa que albergará el brote de una nueva hoja.
La coreografía de las hojas soltándose y abandonándose a la sinfonía del viento traza un indecible canto de libertad y supone una interpelación constante y contundente para todos y cada uno de los árboles humanos que somos nosotros.

Cada hoja al aire me está susurrando al oído del alma
¡suéltate!, ¡entrégate!, ¡abandónate! y ¡confía!.
Cada hoja que se desata queda unida invisible y sutilmente a la brisa de su propia entrega y libertad.
Con este gesto la hoja realiza su más impresionante movimiento
de creatividad ya que con él está gestando el irrumpir de una próxima primavera.
Reconozco y confieso públicamente, ante este público de hojas moviéndose al compás del aire de la mañana, que soy un árbol al que le cuesta soltar muchas de sus hojas.
Tengo miedo ante la incertidumbre del nuevo brote.
Me siento tan cómodo y seguro con estas hojas predecibles, con estos hábitos perennes, con estas conductas fijadas, con estos pensamientos arraigados, con este entorno ya conocido…
Quiero, en este tiempo, sumarme a esa sabiduría,
generosidad y belleza de las hojas que “se dejan caer”.
Quiero lanzarme a este abismo otoñal que me sumerge en un auténtico espacio de fe, confianza, esplendidez y donación.
Sé que cuando soy yo quien se suelta, desde su propia
conciencia y libertad, el desprenderse de la rama es mucho menos doloroso y más hermoso.
Sólo las hojas que se resisten, que niegan lo obvio, tendrán que ser arrancadas por un viento mucho más agresivo e impetuoso y caerán al suelo por el peso de su propio dolor."


viernes, 10 de marzo de 2017

Para qué (IV)



Escribo (IV)

Para moverme por el mundo con ilusión.  Suscitar cuestiones enriquecedoras que de otro modo no me hubiera planteado. Conocer una perspectiva diferente y un modo más interesante de ver las cosas. Para que salga a la luz una parte mía que sólo emerge además con muy pocas amistades. Una parte que me gusta y me hace reir. Para darme permiso de tener una visión poética de todo lo que me rodea. Porque escribiendo afino mi  corazón para que escuche mejor.

Para crearme una vida hecha a medida. Contarle al universo y a mi misma qué me gusta o no. Que me molesta o me produce placer. Qué me gustaría tener más o menos. Y al escribirlo, sin darme cuenta, lo que necesito aparece. Los pensamientos se aclaran. Reorganizo mi vida con la paleta de colores que prefiero. Escribo para tener una guía por donde transitar mis sentimientos. Incluso aquellos que en un principio parecían inabarcables.

Para enfocar en la lejanía lo que está por venir. Las personas, las situaciones, los acontecimientos. Entrecierro los ojos y veo qué me interesa con mayor claridad. La escritura juega conmigo y danza entre la realidad y yo como observadora. Aquello que  intento poner en palabras, ya existe por si mismo, es real. Yo solo lo absorbo, lo decodifico sin quererlo. Le presto atención. Así vivo y voy asimilando la vida. Si no lo escribí, para mi casi como que no existe.

Para transformar las heridas y amarguras en arte. Como un remedio, una cura. Casi como un proceso alquímico. De un estrecho y mezquino plano cerebral, paso a un espacioso y pacífico corazón. 

Para reescribir mi vida. Con observación, invención, curiosidad y miedo. Me puedo inclinar a favor de algo y cooperar para que se produzca el cambio que deseo. Puedo darle a los personajes de mi obra los papeles que quiera. Permitir que el amor cambie de cara, de guión y hasta de reinventarlo para que tenga otro final. Elegir alguna de las infinitas posibilidades según el cuento que me quiera contar y la vida que quiera vivir. Puedo reeditarla. Cambiarle el vestuario, el diseño escenográfico, una banda sonora nueva. Hasta estirarle más capítulos o temporadas nuevas y terminarlo en el momento justo. Bajar el telón y volver a subirlo cuantas veces quiera.  Puedo escribir para configurar la obra, mi obra a medida que avanzo. Como una reunión de producción en la que vemos donde estamos, qué funciona y qué no y hacia dónde queremos ir. Entonces le puedo imprimir velocidad, cambiar de dirección, quitar o agregar personajes, extras o figurantes. Escribo y adoro este revuelo de creatividad. Recorrer el espacio escénico y decidir hacia dónde ir. Si quedarme cómoda en el centro, ir hacia los laterales un poco oscuros o estar siempre rozando el borde del escenario. El bordecito siempre es tentador. Es una aventura que elijo verla según  las palabras que use. A menudo ni siquiera sé con antelación hacia dónde va. Hasta que se escribe sola. Y ahí me doy cuenta.    

lunes, 12 de diciembre de 2016

Para qué (III)

Escribo (III)



Para ordenar las ideas. Organizar los recuerdos. Separar lo real de lo ilusorio. Para decantar una escala de valores. Reafirmarla o modificarla según resulte obsoleta o cooperadora. Para respirar. Escribo para volver a encontrarme. Para saber quién  soy. Y quien quiero o no llegar a ser. Para alumbrar los límites, las líneas que no se cruzan. Para desandar un camino. Desempolvarlo. Desmenuzarlo. Entender y avanzar de manera diferente. Intrépida, aunque segura. También escribo para desandar el camino que no se entendió. Algunas cosas no tienen explicación. Solo resta dejarlas ir. Para luego, un luego muy extenso tal vez…poder escribirlas. Escribo entonces para liberar. Cortar los hilos de  todo lo que pese para que el corazón se torne más liviano. Y los recuerdos, organizados sí, queden solo en las letras.

miércoles, 5 de octubre de 2016

Cartas a Théo. Vincent Van Gogh (II)


El poeta patagónico



Todos los escritores nos parecemos en algo y tenemos nuestras propias particularidades. Conocer  por qué y cómo otro escribe, es como mirar un poco por una ventana, así como al descuido. El poeta patagónico parece un buen tipo. Sin complicaciones.  Es solitario y se lleva bien con los silencios. Dice que sus escritos van a llegar a quien le tengan que llegar en el momento adecuado. Disfruta sacando fotos de los cielos y de las nubes sobre el mar. Cuando uno puede mirar un  horizonte infinito, la vista se ensancha, se expande. Se ve un poco más allá. Se conecta con la verdad misma del universo. Al escritor del sur no le gustan las esperas ni las muertes. Ve la escritura como una expresión artística.  Y el acto mismo de escribir como un estado de gracia y de pureza. Desconfía de aquellos que escriben con el corazón. Según él, cuando gana la pasión se pierde objetividad. En eso no nos parecemos. Cuenta que se enamoró a primera vista de Alejandra, de sus poemas. Porque lo hacían sentir menos solo, en medio de vientos muy pero muy fuertes. Ama los bares y los cafés de bar. En eso sí nos parecemos. Espera deslumbrarse con “La poesía", en San Telmo y me pide que admita que ese bar ya es mío. Yo, por supuesto, no me quejo.