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martes, 14 de marzo de 2017

Anfítrita



Teniéndolo  todo y más de lo que hubiera soñado, se dio cuenta de que no tenía nada. Quiso dejar espacio para que su brillo y su frescura volvieran a aparecer. Entre susurros de miedo sin nombre, huyó justo antes de su boda con Poseidón. Los silencios le hablaron y su corazón quedó embriagado de libertad. Sus dones y su belleza se habían  tornado obsoletos. Ya no le interesaban ni podía nadar en ellos. Como si fuera otra ninfa, pero no de su mar. Quiso dejar espacio para el misterio alejándose del desgano, la seguridad y la comodidad que le daba ser la esposa del dios griego del mar.  Los espacios vacíos suelen ser necesarios para permitirse ser lo que uno es. Dejó de llenarse con cosas que creía que necesitaba. Que le quitaban paz, aunque nadie lo notara.  Ni siquiera Poseidón.

Pero fue traída de vuelta por un delfín. Entonces aceptó sin comprender, sin esperar y sin especular. Cambiaron sus enfoques y  prioridades. A qué le dedicaba su tiempo y de qué manera.

Anfítrita viaja sobre las olas como Señora de los Mares, montada en una carroza. El delfín fue condecorado en el cielo en forma de constelación

jueves, 20 de octubre de 2016

Cura con las hadas del fondo del mar



Cuando un corazón se torna muy pesado se va precipitando hacia el fondo del mar. Es recibido por las hadas que allí moran y cuya misión es cuidar y sanar a los corazones fatigados. De hacer y esperar. De amar . Agotados de dolores  y descuidos. De desamor o apatía. Ellas intentarán vaciarlo y devolverle la liviandad perdida. Para que vuelvan a andar con gracia y fluidez en el mundo. Para que circulen en la tierra con libertad, con la misma sutileza que ellas en las aguas. Es cierto que las personas no mueren de amor, pero sí caen enfermas. No hay cura humana ni pócima celestial que pueda reparar un corazón que enfermó de melancolía y tristeza.

El proceso comienza con nueve días básicos pero nadie sabe cuando termina. Practican conjuros con velas celestes y lluvia de arroz. Limpian toda la oscuridad anegada dentro del pobre corazón. Miedos enquistados y pegajosos. Inseguridades  alquitranadas. Varias hadas se necesitan para quitar con cuidado una cantidad enorme de  agujas muy finitas, casi invisibles que se sienten en la piel y sobre todo en la espalda cuando hay mucho miedo y dolor. Es en el corazón donde en realidad se alojan, y es con paciencia y cuidado que allí también se desvanecen. El amor no deseado o no correspondido, o sea, el que ya no trae felicidad alguna, se arranca de una vez. No hay otra manera. En el momento se siente un poco que la vida también se va de las entrañas. Esto puede durar un instante o un lustro. Depende de las circunstancias por las que haya pasado, de la profundidad o sacralidad de ese amor  y de las fortalezas innatas. O de si hay mucho desgano o cooperación. Lo cierto es que finaliza el tiempo de pobres desesperaciones. De resignado abatimiento. 

La cura es linda. Pero también triste y duele como la muerte. El corazón queda vacío y desnudo. Despojado de todo bien, de todo mal, de todo. Solo y quieto durante un tiempo. Hasta que queda recubierto y protegido por una gruesa capa de luz dorada. Entonces sabe que ya es tiempo de volver. Ahora puede estar seguro y firme. Dispuesto a poblarse de belleza. De sueños desempolvados.  De música de arpas y violines. De colores vibrantes. A menudo desarrollan nuevos dones y habilidades, que por lo general tienen que ver con el servicio o las artes.

Es frecuente que habiendo sido curado el corazón, le falte coraje para regresar. Siga teniendo miedo y recuerdos pasados . Entonces puede decidir no volver. Quedarse en el fondo del mar y alivianar el peso de otros nuevos pobres corazones que vayan cayendo. O puede suceder también que dilate tanto su retorno que cuando al fin lo hace, ya no encuentra lo de antes. Sus seres contemporáneos han muerto y se ve forzosamente obligado a comenzar una vida nueva.

En todos los casos es necesario albergar  mucha fe, sueños nuevos y crearse un entorno favorable para no volver a enfermar.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Casi



Lo soñado está por cumplirse. Falta  poco. Sin embargo ese tiempo parece que fuera un lustro y que costara más que todos los pasos previos.

 Los duendes de Hyter, con su pequeñez y su insulso color arena se atreven a marcarme todos mis errores. Y mis defectos. En los últimos días sus ojos verdes se  me aparecen hasta en el jazmín paraguayo que perfuma desde la ventana. Me dicen qué no tengo, qué no soy y qué me falta. Me puedo hacer la necia un rato y hacer como que no me importa, pero la verdad es que sí. Consiguen que  se asomen todas mis inseguridades y miedos imaginados. Eso no es bueno. Yo solo cuando me siento segura y relajada en algún aspecto, puedo sacar lo mejor de mí. Ya me conozco. Pero ahora pienso en  todas las posibilidades que podrían ocurrir. Las he visto todas con claridad, desde el mejor escenario hasta el más pobre y lastimoso. Hasta ese peor incluso, es mejor que esta incertidumbre de los pasos previos y esta tentación a dejar todo así. ¿Para qué arriesgar tanto? ¿Por qué complicarme la vida pudiendo elegir algo más fácil? ¿Vale la pena tanto trabajo y esfuerzo? ¿Va ser redituable? ¿Y si no? ¿Me va a hacer feliz? ¿Qué necesito para que así sea? ¿Es real la motivación? ¿ Es amor lo que me mueve o es un objetivo material?

Yo misma me contesto que sí a casi todo. Que es amor puro lo que me mueve y me hace feliz en este proceso. Que si no es redituable no me importa y que vale la pena todo. Que me lo debo a mi y a ella. La luz que me guía y me acompaña. Que ya es tiempo de que siga su propia estela y su vuelo refulgente. Le agradezco y la libero. Ya lo puedo hacer. Entonces no me importan ni los duendes en el jazmín. Los mando de vuelta a Lincolnshire y me digo: menos, Florencia. Menos preguntas. Muchas menos preguntas.